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Gadamer, el filósofo constructor de puentes
Francisco Fernández Labastida
Un paro cardiaco puso punto final a una larga conversación que sostenía Gadamer con pensadores clásicos y modernos, con la cultura, el arte… En unas pinceladas rescatamos sus ideas sobre la importancia del diálogo en el desarrollo de la cultura, que resultan oportunas en una época de continuos conflictos interculturales y raciales.
Ilustración: Fabiola Graullera
Hans-Georg Gadamer, el último sobreviviente de la fecunda generación de
filósofos alemanes que maduró durante el periodo de entre guerras del siglo XX,
murió a los 102 años de edad por un ataque cardiaco, el pasado 13 de marzo.
Su característica dominante, según Jürgen Habermas, fue el esfuerzo continuo
por «establecer puentes»: no sólo entre las personas, sino también entre las
diferentes tradiciones culturales y de pensamiento [1] .
En su obra entrelaza el pensamiento clásico y las reflexiones de la modernidad:
Platón, Aristóteles, Kant, Hegel y Heidegger. También era un gran
conversador, hombre de diálogo y debate: le gustaba plantear problemas a sus
interlocutores y responder preguntas, pues le daban ocasión para intercambiar
ideas. No podríamos esperar menos de un estudioso de la dialéctica clásica y
fino intérprete de la obra de Platón, para quien el diálogo es de vital
importancia en el desarrollo de la cultura. En el telegrama de pésame que
Juan Pablo II envió al cardenal Lehmann, presidente de la Conferencia Episcopal
de Alemania, recordaba conmovido las diversas ocasiones en las que había podido
intercambiar ideas con Gadamer, a propósito de los coloquios que Juan Pablo II
suele organizar con intelectuales. En esas breves líneas, el Papa filósofo
destacaba las cualidades que había podido apreciar en este noble humanista
durante esos encuentros veraniegos en Castelgandolfo: «la sinceridad en la
búsqueda de la verdad, la agudeza del pensamiento, el cordial respeto al
interlocutor, la consideración por los valores del patrimonio cristiano. En
efecto, Gadamer era un partidario convencido de la importancia de la tradición
para una forma adecuada de conocimiento. La referencia a la tradición constituía
para él el reconocimiento de un patrimonio cultural que pertenece a toda la
humanidad» (16 de marzo de 2002).
«YA NO
TENGO 80 AÑOS» En los últimos años de su vida, Gadamer
recibió innumerables reconocimientos públicos: doctorados honoris causa, premios
académicos, ciudadanías honorarias, etcétera. Entre los años ochenta y noventa
vio la luz la edición de sus obras completas. A pesar de que la lucidez mental
no lo abandonó nunca, tuvo que ir reduciendo paulatinamente el ritmo de los
viajes y conferencias, debido a los naturales achaques de la edad
avanzada. En un breve artículo publicado dos días después de su muerte,
Emmanuele Severino, conocido filósofo italiano, narra un pequeño detalle que
retrata el fino sentido del humor que lo caracterizó siempre: pocas semanas
antes había rechazado la enésima invitación a dar una conferencia en Italia,
diciendo a los organizadores: «muy señores míos, de verdad, muchas gracias, pero
ya no tengo 80 años…» [2] .
H.G. Gadamer nació en Marburgo, Alemania, el 11 de febrero de 1900. Cuando
tenía apenas 2 años, su padre se trasladó a Breslavia, capital de la Silesia
æregión que ahora pertenece a Poloniaæ, para ocupar la cátedra de Química
farmacéutica en la universidad de la ciudad. Allí pasó la infancia y
adolescencia. En 1919, la familia retornó a Marburgo, donde Gadamer prosiguió
los estudios universitarios de Filosofía y Filología clásica, comenzados el año
anterior en Breslavia. Durante su formación universitaria conoció a Nicolai
Hartmann y asistió en Friburgo a algunos seminarios de Husserl. Eran los años
del ocaso de la escuela neo-kantiana: los últimos de Paul Natorp en la cátedra
de Filosofía de la Universidad de Marburgo y el inicio de la docencia de Martin
Heidegger; Gadamer fue, junto con Karl Löwith y Hannah Arendt, uno de sus
primeros discípulos. En 1929 obtuvo la habilitación para la enseñanza
universitaria con una tesis sobre la ética dialéctica de Platón, dirigida por
Heidegger y Friedländer. Bajo la guía de este último realizaba estudios de
Filología clásica. Desde entonces, Gadamer se dedicó ininterrumpidamente a la
vida académica universitaria: primero como Privatdozent en Marburgo y Kiel, y a
partir de 1937 como profesor extraordinario en Marburgo. En 1939, inicio de
la guerra, lo llamaron a la cátedra de Filosofía de la Universidad de Leipzig,
de la que fue rector dos años, una vez acabado el conflicto bélico. Sin embargo,
la presión ideológica del comunismo, que cada día se hacía más presente en la
vida universitaria de Alemania del Este, lo impulsó a buscar un ambiente
intelectual más libre. En 1947 se trasladó a la Universidad de Frankfurt am
Main, y de allí a Heidelberg en 1949, aceptando esta vez la llamada a suceder a
Karl Jaspers en la cátedra de Filosofía, que ocupó hasta su jubilación en
1968. A las clases y seminarios, Gadamer unía una intensa actividad de
conferenciante y profesor invitado en universidades de Europa y América. En 1953
fundó la revista Philosophische Rundschau, y en 1962 la Unión Internacional para
el Fomento de los Estudios acerca de Hegel, que presidió hasta 1970. Después
de jubilarse continuó la actividad académica como profesor emérito, además de
seguir dictando conferencias y cursos como profesor invitado en Estados Unidos,
Canadá e Italia.
COMPRENSIÓN Y LENGUAJE TEJEN
LA REALIDAD Gadamer se hizo famoso con Verdad y método.
Fundamentos de una hermenéutica filosófica. Este ensayo, publicado en 1960, lo
convirtió en el fundador de una corriente de pensamiento que pone la comprensión
y la interpretación al centro de la reflexión filosófica, más allá de los
ámbitos que tradicionalmente se habían asignado a la hermenéutica. Su
hermenéutica filosófica es una de las voces que se han dejado sentir con más
fuerza en el panorama cultural europeo contemporáneo. Su influjo alcanza ámbitos
muy variados: la crítica literaria, la estética, la teología, la jurisprudencia.
Sin embargo, entre los representantes de la hermenéutica literaria y
jurídica no han faltado quienes han mostrado su desacuerdo y han establecido un
intenso debate con él, como es el caso de Eric D. Hirsch, Peter Szondi y Emilio
Betti. A nivel filosófico se ha tenido que confrontar con perspectivas diversas
y lejanas entre sí como son la teoría crítica de la sociedad (Jürgen Habermas) y
el deconstruccionismo (Jacques Derrida). No es posible presentar en pocas
líneas la propuesta hermenéutica de Gadamer, sin el peligro de caer en
simplificaciones un poco reductivas. Sin embargo, intentaremos por lo menos
esbozar muy brevemente algunas de las ideas que la caracterizan. La
hermenéutica gadameriana prosigue en la misma dirección que plantea Wilhem
Dilthey, quien insiste que el entendimiento requiere una actitud diferente
cuando tiene como objeto algo distinto al objeto de las ciencias de la
naturaleza; para ello, Dilthey utiliza la conocida distinción entre explicar
(Erklären) y comprender (Verstehen): «la naturaleza la "explicamos", pero las
creaciones del espíritu humano las "comprendemos"» [3]
. Gadamer profundiza en la esencia de la comprensión, fundamento
de la experiencia de lo humano. Según él, la lingüisticidad es el horizonte en
el que se da la comprensión como estructura esencial de la existencia humana.
Como señala Fernando Inciarte, para Gadamer «la realidad es, más bien, el tejido
que los hombres, en su convivencia o interacción dialógica, van poco a poco
tramando. (…) El diálogo que vamos entretejiendo æy en el que desde que
empezamos estamos sumidosæ es la realidad del mundo como texto creado por sus
intérpretes» [4] .
La comprensión y el lenguaje representan la estructura fundamental del ser
del hombre y de su mundo. Gadamer condensa este hecho en una frase de Verdad y
método que con frecuencia será citada tanto por sus partidarios como por sus
detractores: «el ser que puede ser comprendido es lenguaje» [5]
. Como ocurre con buena parte de la filosofía posthegeliana, el
pensamiento de este autor no es ajeno a los claroscuros de la modernidad, ya que
la omnipresente mediación lingüística del ser que postula no deja espacio alguno
a una metafísica capaz de trascender la finitud histórica del lenguaje. Sin
embargo, estos problemas metafísicos no son un obstáculo para sacar provecho de
sus fecundas reflexiones acerca del diálogo.
¿CÓMO PONERNOS DE ACUERDO? Una característica
que ha marcado a todas las grandes civilizaciones, entre ellas al occidente
cristiano, es la apertura dialógica y de intercambio: la capacidad de
confrontarse con lo extraño, abriendo un diálogo en el que se da y se
recibe. Como Gadamer hacía notar en una entrevista realizada por un conocido
periódico italiano con ocasión de su centésimo cumpleaños, «cultura es una
palabra latina, del léxico campesino. Indica la humildad del que sabe inclinarse
para recoger. Europa, en su tormentosa historia, ha sabido hacerlo siempre. No
sólo ha recogido lo propio, sino también lo extraño. En lo bueno y lo malo ha
sabido abrirse a las culturas extranjeras, extrañas, ajenas a ella. Esta
aparente debilidad se ha convertido todas las veces en fuerza. Ésta es la fuerza
de Europa: respetar aquello que, a pesar de ser común, nos es ajeno. Y en donde
existe la alteridad, se impone con urgencia la tarea de la hermenéutica» [6]
. Esta tarea consiste en encontrar los puntos de contacto, las
bases comunes sobre las que se puede establecer un intercambio fructuoso de
ideas y experiencias: descubrir lo que une, para comprender lo que separa. Si
miramos a su raíz etimológica, comunicar significa participar al otro de algo
nuestro, es decir, hacerlo común. Por eso, «es tarea de la hermenéutica elucidar
el milagro de la comprensión, que no es una comunión misteriosa de las almas,
sino una participación en el significado común» [7]
. En efecto, bajo la superficie de la incomprensión y los
malentendidos que entretejen las relaciones entre los individuos y las
sociedades, existe lo que Gadamer llama «una especie de consenso latente»: el
desacuerdo es sobre una cosa que es común, y presupone la capacidad de
comprender la diferencia que existe entre la propia posición y la opinión del
otro sobre esa cosa. Eso ya es un fundamento que permite avanzar hacia un
acuerdo más profundo, que entraña como un primer paso la aceptación de la
alteridad de nuestro interlocutor, pues «No se da "el yo" ni "el tú"; se da un
yo que dice "tú" y que dice "yo" frente a un tú; pero son situaciones que
presuponen ya un consenso. Todos sabemos que el llamar a alguien "tú" presupone
un profundo consenso. Hay un soporte permanente. Eso está en juego aun en el
intento de ponernos de acuerdo sobre algo en que discrepamos, aunque rara vez
seamos conscientes de ese soporte»
[8]
. Este consenso tácito se encuentra en la base de tantos
desacuerdos, como refleja lo que se cuenta de Francisco I de Francia, quien, en
medio de las luchas de poder entre la Corona Francesa y el Imperio de Carlos V,
comentó en una ocasión no sin un dejo de ironía: «no sé por qué dicen que mi
primo Carlos y yo no vamos de acuerdo. No es verdad, estamos de acuerdo en todo:
los dos queremos las mismas cosas».
SABER
ESCUCHAR, CLAVE DEL DIÁLOGO Conversar es abrirse a la
alteridad del «tú» que nos sale al encuentro, querer aprender de su experiencia.
No hay que tener miedo a cambiar por culpa del diálogo. El diálogo es un
intercambio recíproco: hay que saber dar de lo nuestro, pero también aprender a
recibir lo que el otro nos da, dejando que su experiencia complete la nuestra.
«¿Qué es una conversación? Todos pensamos sin duda en un proceso que se
da entre dos personas y que, pese a su amplitud y su posible inconclusión, posee
no obstante su propia unidad y armonía. La conversación deja siempre una huella
en nosotros. Lo que hace que algo sea una conversación no es el hecho de
habernos enseñado algo nuevo, sino que hayamos encontrado en el otro algo que no
habíamos encontrado aún en nuestra experiencia del mundo. Lo que movió a los
filósofos en su crítica al pensamiento monológico lo siente el individuo en sí
mismo. La conversación posee una fuerza transformadora. Cuando una conversación
se logra, nos queda algo, y algo queda en nosotros que nos transforma. Por eso
la conversación ofrece una afinidad peculiar con la amistad. Sólo en la
conversación (y en la risa común, que es como un consenso desbordante sin
palabras) pueden encontrarse los amigos y crear ese género de comunidad en la
que cada cual es él mismo para el otro porque ambos encuentran al otro y se
encuentran a sí mismos en el otro»
[9]
.
La apertura hacia el otro entraña una actitud de escucha, de
atención despierta a lo que nuestro interlocutor quiere comunicar. El hombre no
sólo quiere hablar, sino ante todo comunicar, es decir, sentirse escuchado por
alguien que lo comprende, que lo toma en serio. El atractivo de Momo, la niña de
la calle que protagoniza la homónima novela de Michael Ende, es sólo eso: ella
sabe escuchar. Sin embargo, el saber escuchar es más una virtud que un don
del propio carácter, porque el interés desinteresado por el mundo interior del
otro requiere un esfuerzo intencionado por parte del oyente. Ésta es la razón
por la cual:
«la incapacidad de escuchar es un fenómeno tan familiar que
no es preciso imaginar otros individuos que presenten esta incapacidad en un
grado especial. Cada cual la experimenta en sí mismo lo bastante si se percata
de las ocasiones en que suele desoír o escuchar mal. ¿Y no es una de nuestras
experiencias humanas fundamentales el no saber percibir a tiempo lo que sucede
en el otro, el no tener el oído lo bastante fino para "oír" su silencio y su
endurecimiento? O también el oír mal. Es increíble hasta dónde se puede llegar
en este punto. (...) El no oír y el oír mal se producen por un motivo que reside
en uno mismo. Sólo no oye, o en su caso oye mal, aquel que permanentemente se
escucha a sí mismo, aquel cuyo oído está, por así decir, tan lleno del aliento
que constantemente se infunde a sí mismo al seguir sus impulsos e intereses, que
no es capaz de oír al otro. Este es, en mayor o menor grado, y lo subrayo, el
rasgo esencial de todos nosotros. El hacerse capaz de entrar en diálogo a pesar
de todo es, a mi juicio, la verdadera humanidad del hombre» [10]
.
La escucha implica, además, el reconocimiento y respeto de
la dignidad del interlocutor. La capacidad dialógica requiere un delicado
ejercicio del autodominio. Este hecho se ve en modo especial en un tipo de
diálogo concreto: la negociación política o comercial. Para que una negociación
comercial o política llegue a buen puerto, «la condición decisiva es que (el
negociador) sepa ver al otro como otro. En este caso los intereses reales del
otro que contrastan con los propios, percibidos correctamente, incluyen quizá
unas posibilidades de convergencia. En ese sentido la propia conversación de
negocio confirma la nota general del diálogo: para ser capaz de conversar hay
que saber escuchar. El encuentro con el otro se produce sobre la base de saber
autolimitarse, incluso cuando se trata de dólares o de intereses de poder» [11]
. Ante el peligro de que el hombre posmoderno se aísle en el
monólogo interior al que lo arrastran el individualismo y el activismo
eficientista de la sociedad moderna, Gadamer ve en la cultura griega un ejemplo
de sociedad basada en el diálogo. En este sentido, los antiguos griegos no
desarrollaron la retórica como un arma de políticos y potentados para controlar
las masas, sino como expresión de la capacidad persuasiva de las ideas. Ésta
es una de las razones por las cuales el fundador de la hermenéutica filosófica
los miraba con tanta admiración, pues «para este pueblo era natural discutir en
modo apasionado y vivaz por las calles y en las plazas de Atenas o de otras
ciudades. Tenemos que volver a la dimensión del diálogo y desarrollar, completar
en este sentido nuestra cultura, que se ha hecho excesivamente literaria; es
decir, tenemos que tender a un diálogo real dentro de toda la cultura de la
humanidad. Este es el compromiso, la tarea que compete a todos nosotros» [12]
. Como el mismo Gadamer se daba cuenta, parte de esa tarea que
tenemos entre manos es lograr que los medios de comunicación æla radio y la
televisión, y ahora internetæ sean utilizados para favorecer el diálogo entre
las personas, los pueblos y las culturas, y no sólo como medios de control de la
opinión pública [13]
.
[1]
«Urbanizzazione della provincia heideggeriana», en
«Aut-Aut» 217-218 (1987) p. 22.
[2]
Corriere della Sera, 15 de marzo de
2002.
[3]
Cfr. «Ideas acerca de una psicología descriptiva y
analítica», en obras dee Wilhelm Dilthey, vol. VI. FCE. México, 1945.
pp. 196-197.
[4]
«Hermenéutica y sistemas filosóficos»;en AA. VV.
Biblia y hermenéutica. EUNSA. Pamplona, 1986. p. 93.
[5]
Verdad y método.
Sígueme. Salamanca, 1977. p. 567.
[6]
Corriere della Sera, 7 de febrero de 2000.
[7]
«Sobre el círculo de la comprensión» (1959) en
Verdad y método II. p. 61.
[8]
«La universaliadd del problema hermenéutico» (1966) en
Verdad y método II. p. 216.
[9]
«La incapacidad para el diálogo» (1971) en Verdad y
método II. pp. 206-207
[12]
Entrevista para la RAI. Nápoles, 13 de enero de
1990.
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