No existe sexualidad sin conducta, pero tampoco hay afectividad sin conducta. Quien está alegre lo manifiesta en el rostro. Y el gesto ya es conducta. A partir de ella, los demás infieren que la persona está alegre o molesta y esa conducta, a su vez, llama al pensamiento y conducta de los otros. Conducta-sexualidad-afectividad se encuentran —como tantas cosas en la vida— en un único bloque. Esto mismo sucede al señalar la interrelación entre la persona y su sociedad. No puede dejar de haber correspondencia entre ellas: son vasos comunicantes.
Por esto, cuando falla el hombre, la cultura se viene abajo. Cuando la cultura se viene abajo, hace fallar al hombre. Hay una acción recíproca. Sin hombre no hay cultura y sin cultura no hay hombre. Es un proceso bidireccional, intermodal, interaccionista, y por tanto, una cosa influye en la otra. La cultura agónica no es una anciana sentada en la mesa que dice morirse. La cultura es el residuo que queda de todo lo que nosotros hacemos, las consecuencias de nuestros actos, las motivaciones de los actos que todavía no hemos realizado y que probablemente hagamos. También eso es cultura. Los valores, las convicciones, las actitudes, la conducta, la personalidad de cada sujeto que se mueve en este ámbito en el que todos vivimos, es cultura; la aurora que deja el dinero humano, es cultura. Y por tanto, no se puede pensar aquí en una anciana —que llamamos «cultura agónica»— a la que se le informa que va a morir y se le relata, echándole la culpa, del daño que nos ha infringido. No. Hay que examinarse: ¿Qué he hecho con mi conducta? ¿En qué valores creo? ¿Qué ejemplo doy? ¿A qué me juego la vida cada día? ¿Realmente me importa? Con ello, tal vez, logremos un cambio cultural. Buscar un chivo expiatorio —la «anciana agónica»— no sirve para nada. Y, además, esa actitud también tiene un nombre: se llama aburguesamiento, insolidaridad, incapacidad para entregarse al espíritu de rebeldía. Seamos rebeldes. Busquemos y trabajemos por un mundo mejor en donde vivir.
¿Más homosexuales que lesbianas?
Existe más homosexualidad masculina que femenina, por tres causas fundamentales:
- Durante los primeros cinco años de vida, la madre es quien educa. La hija tiene clarísimo su rol sexual, identificado plenamente con su madre.
- En la pubertad y adolescencia, la sexualidad y la afectividad son más armónicas en las mujeres que en los hombres; en ellos, la búsqueda del placer sexual es más fuerte y exige una satisfacción inmediata.
- Aun dentro del vientre, el desarrollo sexual-biológico puede alterarse más fácilmente en el caso del niño, mientras que en el de la niña todo resulta más sencillo.
En la homosexualidad masculina no hay dos casos iguales, aunque en la femenina las situaciones son más parecidas (no desde la perspectiva clínica sino desde la sociocultural). El hombre se puede «salir de pista», cinco o seis veces, a lo largo de su desarrollo, mientras que en la mujer se presenta con mucha menor intensidad esta desorientación. ¿La homosexualidad se da por igual en el hombre y en la mujer? Sí. Hay quienes sostienen que por cada tres varones homosexuales existe una mujer lesbiana. Algunos elevan esa cifra a siete o incluso diez; en mi experiencia como psiquiatra creo que hoy habría que establecer una proporción de quince a uno. Esto no quiere decir que siempre vaya a ser así. A lo mejor dentro de diez años, la equivalencia es de dos a uno o de uno a uno. Grandes cambios sociales están sucediendo. Y siempre que cambia uno de los dos —el hombre o la mujer—, cambia el otro.
La propia naturaleza humana tiende al ajuste. Si ahora existen más varones homosexuales que hace unos quince años, es porque antes ha cambiado la mujer; no afirmo que éste sea el único factor, pero sí se han producido transformaciones tremendas en la esfera femenina a partir de los años 60. De estos cambios unos son muy justificados, otros no. Desgraciadamente, la variación femenina se presentó en función de un patrón: «Si el hombre hace esto, yo también». Es decir, muchas mujeres están hoy donde están porque imitan al hombre, no porque se miren hacia dentro y se pregunten: «¿Cómo puedo ser una mujer más auténtica?».
En cualquier caso, en el origen de esta profunda variación de los roles femeninos existe una causa justa: la mujer tiene derecho a trabajar. Y hasta ahora no se había producido esa gran incorporación femenina al mundo laboral, quizá porque el hombre la tenía subyugada y también —y esto apenas si se dice— porque, en muchos casos, a la mujer le ha gustado jugar al machismo. Existen muchas mujeres machistas, todavía hoy. Un tipo de mujer que está contenta de quedarse en su casa, con tal de que sea únicamente el hombre quien realice la necesaria aportación económica a la familia.
No digo que sea éste el único ni el más importante, pero sí que uno de los factores es ése: el hombre y la mujer tienden al ajuste en roles, costumbres, tradiciones, papeles, hábitos de comportamiento, necesidades, etcétera. Y eso porque son complementarios; diferentes pero complementarios. Y por tanto, si uno cambia, el otro necesariamente cambia también.
¿ Ha llevado el varón siempre la iniciativa sexual en casi todas las culturas? Cierto. ¿Actualmente la lleva? Si observamos el comportamiento de los jóvenes de dieciocho años y menos, hemos de afirmar que la iniciativa ya no la llevan ellos. Si toma la iniciativa sexual la mujer, el varón adopta el rol contrario: un papel pasivo. Pues bien, en ese caso ya ha cambiado el comportamiento del varón. Éste es un tema que tiene una gran relevancia personal y social.
¿Orgullo o patología?
Si hasta el año 80 se puede decir que nadie o muy poco varones presumían de su homosexualidad, a partir de esa década, se comienza a hablar ya del «orgullo gay». Salieron de la clandestinidad para afirmar: «Tenemos igual dignidad que los demás y estamos orgullosos de ser homosexuales». En lo primero llevan razón pero en lo referente al orgullo, y lo señalo como psiquiatra, puedo afirmar que se trata de una alteración.
En mayo de 1980 realizaba, en San Francisco, una investigación sobre autismo infantil. Quince mil homosexuales llegaron a la ciudad y acordaron alquilar casas —sin mencionar el hecho de su homosexualidad—, en una zona residencial de muy buena reputación. Tiempo después, al percatarse los vecinos de la condición homosexual de los recién llegados, los antiguos residentes se marcharon, dejando más casas libres para rentar. Se trataba de todo un barrio. El siguiente paso en la conquista del poder por los homosexuales fue presentarse a las elecciones municipales del ayuntamiento de San Francisco. Pactaron con la futura alcaldesa y se quedaron con muchas de las vocalider. Una vez dentro del ayuntamiento lo primero que exigieron fue educar a los niños en sus guarderías; y lo consiguieron.
También la psiquiatría y la psicología han tenido un papel crucial en este cambio de mentalidad, al suprimir la homosexualidad —desde 1973, aproximadamente— de la lista de enfermedades mentales. Esto es lo que señaló la Asociación Psiquiátrica Norteamericana (APA). Esta Asociación realizó una rigurosa taxonomía, es decir, una clasificación de todas las enfermedades mentales. Se puede estar en desacuerdo en algunos puntos —yo lo estoy por lo menos, en ocho o diez—, pero los criterios estadísticos que emplearon la hacen útil y fiable. Para implantar esta clasificación, en Estados Unidos y en todo el mundo, se establecieron negociaciones y discusiones entre todos los agremiados. Una vez establecida la norma, viene el criterio y luego su generalización. Pero había un considerable grupo de psicoanalistas que, en esta cuestión, no estaban de acuerdo, y tuvieron que ceder ante el consenso. Por eso, no es de extrañar que existan psiquiatras de pensamiento vigoroso que estén en este punto contra la clasificación, aunque muchos de ellos no se atrevan a manifestarlo para no ser tachados de anticuados o conservadores.
En mi opinión y de acuerdo con mi experiencia clínica, sostengo que muy probablemente de cada cien homosexuales noventa y tantos sean enfermos, entendiendo el término «enfermedad» en su más vasto significado. En este caso, hablo de enfermedad por anomalía sexual o de identidad en el proceso de desarrollo. ¿Por qué? ¿Cuál es la nota peculiar, característica, de un homosexual?
Homosexualidad, un concepto bastante ambiguo
La evolución del concepto de homosexualidad es un tanto extraña. En el ámbito científico, cuando se logran detectar las causas de un problema, el modo inicial de avanzar es describir —y sólo describir— lo que observamos. Si releo el capítulo sobre tuberculosis, en un manual de medicina interna del siglo XIX, encontraré un retrato casi literario de lo que era un tuberculoso. Páginas y páginas que estudian cómo es el esputo para hacer su diagnóstico: si es blanco o cristalino, si tiene o no arborizaciones, si es sanguinolento o es filante. Pues bien, hoy, el diagnóstico de un tuberculoso no se hace así. Basta hallar la presencia de bacilos de Koch en un esputo, si los hay, existe tuberculosis. Y ni siquiera eso: hay pruebas inmunológicas para saber si una persona es tuberculosa o no. Antes, todo era describir, y sólo describir, el proceso. La homosexualidad está todavía hoy varada en esa etapa descriptiva.
Algunos autores hacen referencia a la homosexualidad transitoria y a la homosexualidad crónica. La transitoria sería aquella que se presenta durante un período corto de la vida. Pero no es un fenómeno consistente, ni que deba considerarse homosexualidad como tal. La crónica sí. Pero, ¡cuidado!: la una puede transformarse en la otra.
En la sexualidad hay un aspecto que es voluntario y libre, pero en el organismo hay también reacciones sexuales que son automáticas. Si hay tocamientos viene, necesariamente, la excitación. Un ejemplo: si a un muchacho (sin mucha formación, que tiene dudas, obsesiones sobre este tema), lo acosa un homosexual y llega a tener con él acercamientos físicos, se excitará y podrá tener una experiencia homosexual. Ello le confirmará en su supuesta homosexualidad cuando, más bien, apenas si se trata de la reacción física a un mero estímulo físico que en nada le diferencia de los no homosexuales. Si en un momento de inquietud, una persona tiene cerca a un animal que lo roza, sólo tal acercamiento puede llevarlo a la excitación, pero eso no significa que esta persona sea una pervertida, ni que, por ejemplo, esté enamorada de los gatos.
Se habla, asimismo, de homosexualidad del desarrollo, aunque cada vez se emplea menos. No es que a lo largo del desarrollo infantil o juvenil todo niño o niña pase necesariamente por una etapa estable, fija, obligada, en que sienta atracción por las personas del mismo sexo. No es verdad. Sí lo es, en cambio, que la afectividad es un componente inseparable, pero distinguible, de la sexualidad y en la adolescencia, en la pre-pubertad, en la pubertad, la afectividad-sexualidad se encuentra muy a flor de piel. De ahí que la afectividad pueda «tirar» y «arrastrar» a la sexualidad. Y viceversa.
Otro factor vital en este tema es la asignación y atribución social de los roles femenino y masculino (el etiquetado social). El niño afeminado y la niña marimacho, pueden derivar a formas de homosexualidad muy difíciles de modificar.
Es preciso hablar aquí de la asignación de sexo, de la atribución de sexo, y del autorreconocimiento del sexo. La asignación es el modo, el papel asignado al niño por la gente, desde el nacimiento, según el sexo. Éste es el caso de un padre que asigna a su hijo un sexo equivocado, no porque crea que es una mujer, sino porque se equivoca en el modo de tratarlo. Ocurre también en el colegio; a un muchacho con gran sensibilidad que posee una sutil inteligencia, cualquier injusto etiquetado puede llegar a herirlo, a destruirlo. Supongamos que este joven en el colegio estudia mucho, pero no tiene interés en el futbol; de hecho es más bien retraído en todo tipo de deporte, es un «intelectual»; lo suyo es leer. Sus compañeros lo hacen a un lado y el «gracioso» de la clase que, además, es el defensa central del equipo de futbol, cierto día le grita: «¡Eres un marica!». Eso es asignación. Algo parecido sucede en otros ámbitos. Así, por ejemplo, si en la universidad, el maestro carismático califica de «idiota» a una estudiante, seguramente sus demás compañeros pensarán así de ella, aunque ella no lo sea; y ella, desde luego, acabará por creerlo también y se comportará de acuerdo a lo que cree que es, aunque no lo sea.
¿A qué se llama atribución? Al modo en que un comportamiento es desencadenado por una causa de naturaleza cognitiva, previamente asignada con independencia de que sea o no verdadera. ¿Por qué le dicen que es «marica»? Porque no juega, porque al pobre niño se le caen las calcetas en el colegio, porque va siempre tan elegante como las niñas. ¿Cuándo sucede el autorreconocimiento de la homosexualidad? Finalmente, un día, el niño se mira al espejo y dice: «Efectivamente soy elegante, ¡ah!, ¡claro!, como las niñas». O en un recreo: «No tengo ganas de jugar, ellos lo dicen. Las niñas no juegan, yo tampoco». Es decir, se autorreconoce en lo que le han atribuido, y él ahora se ha asignado.
Consolidamos, así, una patología sexual cuando no la hay, creando confusión en la identidad de género. Tal niño no sabe si es hombre o mujer, o qué: «No juego al futbol, no soy machote, soy como las mujeres, soy elegante, admiro al otro que es un defensa central fabuloso, pero no sé jugar, me lastiman, porque soy muy sensible, ¿no será que admiro al defensa central porque me gusta ese defensa central?». Nos situamos, entonces, en el plano de la atracción, algo diferente al de la simple orientación con el que está forzosamente vinculado.
Una respuesta al acertijo
En el ámbito de la homosexualidad, hay que sustituir las definiciones que ponen el énfasis en la atracción, los deseos, la fantasía, la genética o la actividad —que son siempre cosas secundarias, importantes pero secundarias— y hacer hincapié en una falta de identidad de género y en un déficit en las relaciones de apego temprano hacia el padre del mismo género: padre-hijo, madre-hija. Ése es el núcleo donde reside, se esconde, crece y desarrolla la homosexualidad. Aclaro que no me refiero al apego en sentido freudiano: se trata más bien de una vinculación cognitiva, afectiva, perceptiva y social, donde no se mezcla, necesariamente, la sexualidad de por medio; se trata de cómo se modula la afectividad y cómo, a través de la afectividad, uno llega a la identidad consigo mismo, de acuerdo con la propia modalidad sexual.
Aunque la definición tradicional describe a la homosexualidad como la persistente y predominante atracción sexual por personas del mismo género, insisto en que lo determinante de la homosexualidad no es inicialmente la conducta, sino esa carencia afectiva a la que antes me refería. La consecuencia es que el hijo o la hija compensan esa privación afectiva (y más que afectiva, perceptiva, de identificación de modelo), buscando suplir (con personas del mismo sexo) el vacío establecido entre él y su padre, o entre ella y su madre. Me parece que esta explicación tiene un alcance mayor y es más consistente.
Al referirnos aquí al «déficit» no hablamos, por supuesto, de un mal trato, es decir, que el padre dé bofetadas al hijo y entonces éste se convierta en homosexual, no. Ni tampoco del padre que se escandaliza porque descubre al niño de siete años con una erección y lo regaña. Me refiero, más bien, al hecho de que el niño no quede satisfecho con el padre del mismo género en sus necesidades de apego afectivo.
¿Cómo surge este trastorno de la sexualidad a partir de ese déficit?: al buscar el apego afectivo en personas distintas a su padre (o madre, según el caso), pero de idéntico género. Un concepto clave aquí es el de «ambivalencia». Lo más específico de la homosexualidad es la ambivalencia respecto del modo de concebir y amar a las personas del mismo sexo. Este hecho explica, por ejemplo, los aterradores celos entre homosexuales. Recuerdo a un joven que acudió a terapia y quiso romper con su compañero: éste intentó suicidarse.
Hay un odio soterrado a la figura paterna y, al mismo tiempo, el amor a un padre sustituto del padre odiado. Ambivalencia. Y no es sólo respecto a la persona del mismo sexo sino, también, respecto del amor recibido por personas del mismo sexo: si mi amigo no me quiere lo odio y si me quiere también lo odio, pero si me deja de querer lo amo más... Una dialéctica terrible. ¿Qué traduce esa ambivalencia afectiva? Un problema de identidad de género —del que antes hablamos—, en el que aquí tocamos fondo. Esto es más importante que el comportamiento homosexual, explícitamente considerado.
El problema no es otro que la identidad de género: el homosexual no sabe si es hombre o no lo es del todo, al menos en la perspectiva afectiva. Esto es esencial, más que la conducta. Porque aunque la conducta homosexual acaba por consolidar y configurar a la persona, si no existiera esa falta de identidad de género, la conducta no cerraría ningún sistema, sencillamente porque no habría ningún sistema que pudiera cerrarse.
Esto explica muchos casos, aunque no todos. La ambivalencia y el trastorno en la identidad del propio género nos hace comprender —y, por eso, es también éste un modelo más abierto, con mayor alcance explicativo—, por qué hay hombres y mujeres casados que tienen relaciones y experiencias homosexuales.
En la actualidad, esa falta de identidad de género está muy en alza. Cada día hay más personas con trastornos de identidad de género, por dos razones:
a) Los padres no ayudan a la identidad de género, sino que suscitan un déficit en las relaciones tempranas de apego padres-hijos, madres-hijas. El tipo de apego se manifiesta en cómo un niño se independiza de la madre, se siente seguro, imita al modelo con el que tiene relación, si tiene o no miedo a la oscuridad dependiendo de si hay o no una persona a su lado... La primera vez que se separa de la madre, lo que el niño hace es mirarla continuamente. Si ella hace gestos de afirmación, de seguridad, el hijo dará un paso más hacia delante; es la primera vez que se separa: ¡es como un astronauta en la luna! Vuelve a mirar y si ella se muestra indiferente o está leyendo el periódico, el niño dará media vuelta y se acurrucará junto a la madre. Si ella no le hace caso, el hijo no volverá a distanciarse. Éste es un apego mal establecido. De allí que el primer factor interviniente es que los padres no tienen el apego que deberían tener con los niños varones, ni las mamás con las niñas, sino que cada uno está en lo suyo. Así que, ¡cuidado!: muchos negocios, muchas relaciones sociales, mucho escribir, mucho leer, mucho ganar dinero... pero, ¡mucho más descuidar a los hijos!
b) Los modelos culturalmente vigentes que sirven para ayudar secundariamente a la identidad de género pueden estar dañados. Cada uno se identifica con su progenitor: el niño con el padre, la niña con la madre. Aunque el primer modelo se estructure a través de los progenitores, existen otros muchos modelos, más distantes —en el caso de un niño huérfano de padre, será el tío cercano, o un amigo allegado a la familia, o una «estrella» cinematográfica, por ejemplo—, que también sirven para forjar esa identidad: es el caso de los modelos culturales. Cuando uno enciende la televisión y ve cómo el atractivo protagonista sólo vive para el sexo y las acciones que realiza únicamente buscan ese fin (y eso sucede en muchos programas), nos estamos tropezando con el problema de la identidad de género, sólo que a través de un modelo mediado e intermediario aunque nunca sustitutivo: el modelo cultural. Su vigencia será tanto mayor, respecto de la homosexualidad, cuanto menos se repare en ello, cuanto más artificialmente «normal» se considere.
En busca de un «yo» armónico
Ya comentábamos que, actualmente, la Asociación Psiquiátrica Norteamericana no acepta la homosexualidad como patología. La define como un uso alternativo (normal) del comportamiento sexual humano y afirma que sólo puede hablarse de homosexualidad como enfermedad en apenas un solo caso. En todos los demás, se tratará de «formas alternativas», y por tanto normales, de encontrar una satisfacción a las necesidades eróticas.
El único caso que admite como enfermedad es la llamada homosexualidad egodistónica. Acaece cuando, al realizar una práctica, actividad o relación homosexual, el yo del individuo «rechina», sufre, se siente mal consigo mismo. A eso se llama «ego-distonía». En ese caso, la persona no tiene una ego-sintonía —no sintoniza con su propio yo—, sino que disuena con su propio yo. Pero, ¿cómo se mide y manifiesta esa egodistonía? Desde mi experiencia clínica no sé de ningún homosexual que, a su manera, no sea egodistónico.
La experiencia clínica me enseña que existe egodistonía incluso en quienes no perciben su sexualidad trastornada y no desean tratamiento. La ambivalencia que experimentan y la anomalía en la identidad de género que se presenta en ellos, eso —siempre— produce distonía.
En algunos, la distonía es grande y, por eso, el llanto y el horror ante su propia vida: eclosiona, entonces, una crisis egodistónica atroz. Pero si el clínico les explora bien, incluso en quienes se proclaman orgullosos de su homosexualidad es fácil encontrar esa distonía: su yo no es seguro ni consistente, no es estable ni permanente, bajo su superficie se encuentra un yo débil, fragmentario y contrahecho en lo relativo a su género y a su afectividad. De aquí que no se sepa cómo actúa la egodistonía en cada homosexual. En unos se da por vía perceptiva, en otros por vía afectiva, en ciertos homosexuales por vía genital o por vía comportamental, en otros muchos por vía actitudinal, motivacional o cultural; pero la distonía acontece en todos ellos.
En el marco de la psiquiatría oficial y científica, esta única patología homosexual —la egodistónica— genera estados no deseados y persistentes, que provocan estrés.
No hay homosexual que no sea egodistónico, aunque es preciso enfatizar que la egodistonía requiere exploración minuciosa y pormenorizada, sobre todo en aquellos que perciben su homosexualidad como un estado normal. Si a un homosexual con estas características, se le pregunta si padece estrés o ansiedad al tener relaciones sexuales, seguramente dirá que no, que de sufrirlo no se acostaría con otro hombre. De ahí que muchos psiquiatras afirmen erróneamente que, si no sufren, es que no se trata de un trastorno.
Pero yendo más al fondo, habría que indagar si cuando pasea por la calle y observa una pareja heterosexual, ese homosexual no siente un poco de envidia o de sufrimiento; si no experimenta con tristeza su condición al estar cerca de una familia unida y advertir que él no puede engendrar hijos con su pareja; si no se siente mal cuando continuamente se ocupa de su físico, ya que cualquier día su compañero puede irse con alguien más apetecible o joven que él; si ante la posibilidad de que su pareja se case con una mujer, ello no le hace desear la muerte. En éstas y otras circunstancias, surgen los sentimientos escondidos, furtivos, ambivalentes, que clavan sus raíces en su intimidad y le amenazan con disolver su débil yo.
Acontece la egodistonía porque el yo es la integración armónica de todas las funciones en una sola y cuando una de ellas —sexualidad, memoria, afectividad, percepción, pensamientos, lenguaje...— está rota, el yo no sintoniza consigo mismo y sus «piezas» no se ensamblan, sino que están desajustadas. Otra cosa es que el homosexual no declare con verdad, o que el explorador no acierte con las preguntas necesarias y pertinentes para dilucidar si es egodistónico o no. Pero en el fondo de su corazón, el hombre o mujer homosexuales desearían no tener este problema.
Por eso, el sólo criterio egodistónico me parece más bien un eufemismo, que no traduce la compleja, cambiante e inabarcable realidad del dolor inconfesable experimentado por cualquier homosexual..., aunque la psiquiatría oficial opine lo contrario.
Con los pies en la tierra
Al principio señalamos la íntima relación existente entre afectividad y sexualidad. Es importante recalcar esta dependencia en el desarrollo natural personal. Cuando se es muy ingenuo o falto de experiencia de la vida, es demasiado fácil escandalizarse y sorprenderse ante los propios pensamientos y/o comportamientos; por eso, la actitud de no perdonarse hechos que no han sido buenos ni sanos.
En la sexualidad existen muchos componentes, acaso demasiados. Uno de ellos es el deseo. Y ese componente puede, aisladamente, dar lugar a ciertas formas de homosexualidad. Desear a otra persona del mismo género, no suele ser lo normal; pero si se presentara en un adolescente el deseo —ése sólo hecho— no es que, necesaria y automáticamente, sea algo patológico. Todo depende de la edad y madurez de la persona, de su experiencia previa y de cómo se haya fundamentado su identidad de género. Nadie debería escandalizarse de sí mismo o de los otros. Nadie.
¿Se puede admitir que en algunos adolescentes emerjan deseos homosexuales? Sí, y no pasa nada. Primero, porque esos deseos son ambiguos y faltos de consistencia; segundo, porque son cambiantes e inestables; tercero, porque no están definitivamente orientados hacia ningún destino: hoy se desea esto y mañana no.
Si la persona es madura, no se escandaliza de ello, porque ese deseo casi siempre es pasajero y está mal trabado. ¿Cuál es la raíz de ese deseo? ¿Tener una pura relación sexual con otra persona, en estado puro? El estado puro no existe. Esos deseos suelen estar mezclados con el prestigio, con el hecho de ser aceptado por el otro, con otros sentimientos y, en el caso de la gente joven, especialmente, con el afán de pertenencia a un grupo. Estoy seguro que a un muchacho de catorce años que se encuentra a gusto en su pandilla, el líder le ordena hacer una tontería sexual con lo que sea, con un animal, con un objeto, probablemente lo hará, con tal de seguir en la pandilla. Pero, ¡no tiene ni idea de lo que está haciendo! ¿Qué dirían sus padres si se enteraran de esto? Pues, probablemente, lo que sigue: «¡Mi hijo está perdido, no tiene solución!». Y no es verdad. Solución tenemos hasta que nos muramos.
La sexualidad que gira en torno a sólo los deseos, no debería clasificarse como homosexualidad. Voy a describir un hecho sin intención alguna de escandalizar, pero queriendo poner en claro algo que no siempre lo está: un padre, normalmente honesto, maduro, responsable, ¿puede tener una excitación sexual al ver pasar a su hija de quince años en camisón? Sí. Y esto lo único que significa es que su naturaleza está viva, que siente, aunque tenga cincuenta años o más. Hasta ahí normal; eso es un deseo. Lo que no puede hacer es escandalizarse: «¡Que mal padre soy!, ¡he caído en lo más bajo!». No. Lo que ha sucedido es que está vivo y ha sentido. Y como es un hombre maduro, controla y regula su sentimiento apenas nace: «Quieto. No pasa nada. Es una tontería». Ejemplifico, justamente para ayudar, con algo que puede sonar grave, pero que no es tan infrecuente como se piensa. Igual que si un hombre camina un día por la calle y le viene la idea de robar un Banco y llevarse millones de pesos; de seguro que él no se culpará por ese pensamiento, sino que lo apartará sin pensar que ha robado el Banco, que ha hecho algo muy malo.
Algo parecido puede suceder en el caso de una persona extenuada ante los cuidados que requiere su madre enferma: puede surgirle la idea de matarla administrándole un medicamento para, así, descansar ambas. ¿Quiere decir esto que tiene una mentalidad eutanásica, que es una asesina? No. Si se trata de una mujer madura apartará de sí ese pensamiento: «¡Qué tontería se me ocurrió!». Y no le dará mayor importancia. Y está bien, porque no la tiene. Pero si no controla ese pensamiento, éste puede ser el inicio de otros muchos trastornos. Si se escandaliza de sí misma por concebir tal pensamiento, es probable que al morir la madre, se sienta culpable. Y como le dé vueltas, acabará pensando que ella condicionó la muerte de su madre, porque así lo deseaba. Y si no lo hubiera deseado, no habría muerto. Por lo tanto (inferencia errónea), ella es la causa de la muerte de su madre. Tal modo de proceder puede estar en el origen de que esa persona enferme.
La homosexualidad la fabrica cada uno con su propia libertad. El modelo sexual de cada persona pasa por la misma conducta que esa persona elige. No es instintiva, ni ciega, ni irracional como en el animal. El sexo está, en gran parte, en el cerebro. Podríamos decir que cada uno autoconstruye su identidad sexual.
Somos libres. Cada uno se proyecta de forma diversa a lo largo de su vida y de su trayectoria vital. Pero, con harta frecuencia, no somos lo suficientemente críticos como para saber que cada acción que acometemos en el ámbito sexual y en otros ámbitos —pero sobre todo en éste, porque tiene un sedimento instintivo fortísimo—, nos va cerrando otras posibilidades, nos va modalizando, precisamente, según esas acciones.
Lo que no podemos pensar es que somos intocables, intachables, y a la hora de darnos cuenta del barro que estamos hechos, de nuestro barro, ¡ah, qué escándalo! Y entonces nos sentimos inmundos continuamente, íntimamente sucios. No. La persona realista no es narcisista ni presumida, no es orgullosa; se sabe frágil porque se conoce bien. Aunque uno haya hecho o «le hayan ocurrido» cosas tremebundas, no importa, no importa, siempre tiene arreglo.
Una persona madura es alguien que, aunque haya roto su alma en añicos, todavía puede recomponerla. Y la podrá arreglar si no se escandaliza de sí. Es mucho mejor que no la rompa en pedazos, que esté intacta; pero si alguna vez la astilla, es hora de poner manos a la obra, es hora de empezar a restaurarla, a recomponerla, a optimizar en forma positiva aquello que inicialmente era negativo.